Aquí les dejo información que estaremos utilizando esta semana en nuestra sesión de análisis de Aura por Carlos Fuentes. Favor de imprimirlos y traerlos a la clase del miércoles.
Un saludo
Miss Martha



Brampton
por: María Torres
Edward cumple hoy 20 años. Es un día sombrío, él trabaja en la pescadería de su padre y como todos los días, espera a que algo suceda. Casi es medio día y todo transcurre normalmente; al ser un pescadero pobre, nadie enfoca su atención en él.
Al terminar el día de trabajo, él escapa un rato a su lugar favorito en la naturaleza; Brampton, donde el viento susurra, donde sus cabellos rizados acarician sus suaves y pálidas mejillas, donde el agua es tan clara que el cielo se refleja sobre ella, y el aire es tan limpio que se puede apreciar el aroma de las flores. Él, solo descansa. Sueña. Mira al cielo pensando en su futuro, en lo que hará.
De camino a casa ve a una hermosa y elegante mujer en una carroza; Kathy con 18 años de edad. Casualmente, de manera habitual se encuentran; pero sin cruzar una palabra. En uno de esos encuentros su cara sombría lo sorprende, se cruzan sus miradas, ella voltea hacia abajo y sus ojos enrojecidos lanzan puñales a sus manos, mientras, sus padres le dan la noticia.
Ambos llegan a sus respectivas casas.
Al día siguiente Kathy y su familia salen de paseo y Edward aprovecha la oportunidad para dejar una carta a los pies de la puerta. Al llegar a casa, Kathy recibe tres sobres, dos con respectivos remitentes, sin embargo el tercer sobre no contiene información alguna, sólo la carta en si. Al abrir el sobre encuentra un mensaje diciendo:
“Te vi, con la cara demacrada, con el corazón roto, con una sonrisa esfumada.
Si tan solo pudiera ayudarte”
Atte. Edward
Kathy pensó por un momento y logró recordar a ese tímido muchacho con el cual siempre terminaba coincidiendo.
El timbre suena.
Con un aspecto desgastado y sucio, Edward abre la puerta. Su mirada se detiene en la cara de Kathy, él entorpece y balbucea. Mientras ríe en su mente, ella pregunta por la carta.
-Yo la escribí- responde débilmente
-¿En realidad me quieres ayudar?- Kathy pregunta
-Acompáñame- dice Edward
Edward llevó a Kathy a ese lugar. Los ojos de la joven se abrieron y sus pupilas se dilataron; vió lo que nunca creyó ver, sus oídos escucharon algo más que el sonido de el pueblo, su nariz respiró aire finalmente fresco. Después, ella le contó la noticia: sus padres ya habían arreglado su matrimonio, pero ella se negaba a ceder.
Acordaron ir todos los días a Brampton donde compartirían sus secretos y sus vidas. Cada día los dos aprendían más uno del otro. Al cabo de un año, en Brampton, Edward le confesó a Kathy una verdad.
-Es ahora tu turno- dijo Kathy riendo
Edward pensó -Una verdad...- Después dijo con los ojos fijos en la mirada de Kathy -Te amo-.
Las mejillas rosadas de Kathy se tornaron color rojo mientras ella mordía su labio inferior. Sus labios dieron una ligera inclinación, al parecer estaba sonriendo.
-¿Te casarías conmigo?- Él pregunto tímidamente
-Si- respondió ella con una sonrisa de oreja a oreja- solo si en realidad me quieres- continuó mientras su sonrisa disminuía al grado de quedar totalmente seria y con la mirada en el pasto.
-Ponme a prueba- Dijo Edward con tono retador
Kathy levantó la cara y sus ojos verdes contrastaron al color del pasto, verde y lleno de vida, después le dijo qué era lo que tenía que hacer.
-En dos días iras a mi casa y pedirás mi mano- Dijo Kathy en respuesta a la retadora voz de Edward.
Dos días después, sonó el timbre. Kathy y sus padres abrieron la puerta. La cara de Sarah, su madre, obscureció y Alexander, su padre, miro fijamente a Edward.
-¿Qué lo ha traído hasta aquí pescadero?- Preguntó fríamente Alexander – ¿Acaso viene a pedir dinero?
Las cejas de Kathy enfurecieron.
-Vine aquí no para pedir su dinero, sino para pedir la mano de su hija.
Alexander y Sarah cerraron la puerta en su cara.
Pasaron meses. Edward aún no había logrado verla. Los días volvían a la normalidad, y eso era justo lo que Edward más temía.
Un día fue a Brampton después de trabajar. Y ahí estaba ella. Sentada, serena y volteando hacia el lago. Edward se acercó tranquila y lentamente hacia Kathy. Al estar a su lado, vio su cara pálida y sus ojos rojos e hinchados.
-¿Cómo nunca aprecié tanta belleza mientras pude?-decía ella con lágrimas en los ojos -¿cómo no aprecié tanto amor y cariño?-.
-Creo que tus padres no piensan igual que noso...- Kathy lo detuvo, -No, no es eso-.
-¿Entonces por qué lloras?- preguntó Edward inseguro
-Estoy enferma- dijo mientas sus lágrimas derramaban dejando a sus pómulos húmedos y a sus labios mojados
-¿De qué?- preguntó Edward con las cejas fruncidas en señal de preocupación
-Los doctores no saben, ni siquiera el mejor doctor de Inglaterra encuentra una solución a esta enfermedad, dicen que no falta mucho tiempo para que muera- ella lloraba.
Las horas pasaron mientras los dos pensaban tristemente en una solución.
-Si mis padres no nos dejan casarnos, podemos hacerlo a escondidas- dijo Kathy
-¿Dijiste que los doctores saben cuando morirás verdad? debes de quedarte a descansar- propuso Edward
-Si voy a morir, quiero morir feliz- dijo drásticamente
A la mañana siguiente ellos escaparon a Fowey, el pueblo más hermoso de Inglaterra. Nadie los vió durante varios meses. Y cuando no faltó mucho para la muerte de Kathy, ellos decidieron regresar.
Fueron a Brampton y ahí se quedaron.
-No quiero morir así -dijo Kathy deshecha por dentro
-Toma mi mano- dijo Edward mientras levantaba su frágil figura del pasto.
Ambos caminaron hacia el lago. Aquel hermoso lugar jamás reflejó más brillo. Siguieron caminando, lentamente, hacia el fondo. Hasta que sus cuerpos no fueron lo suficientemente altos como para mantenerse vivos. La vida había escapado de sus cuerpos.
Fin
Caperucita Roja
[Cuento. Texto completo]
Charles Perrault
| Había una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto; su madre estaba enloquecida con ella y su abuela mucho más todavía. Esta buena mujer le había mandado hacer una caperucita roja y le sentaba tanto que todos la llamaban Caperucita Roja. Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo. -Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de mantequilla. Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía en otro pueblo. Al pasar por un bosque, se encontró con el compadre lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo: -Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía. -¿Vive muy lejos? -le dijo el lobo. -¡Oh, sí! -dijo Caperucita Roja-, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo. -Pues bien -dijo el lobo-, yo también quiero ir a verla; yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero. El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; golpea: Toc, toc. -¿Quién es? -Es su nieta, Caperucita Roja -dijo el lobo, disfrazando la voz-, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía. La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó: -Tira la aldaba y el cerrojo caerá. El lobo tiró la aldaba, y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la devoró en un santiamén, pues hacía más de tres días que no comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llegó a golpear la puerta: Toc, toc. -¿Quién es? Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó: -Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía. El lobo le gritó, suavizando un poco la voz: -Tira la aldaba y el cerrojo caerá. Caperucita Roja tiró la aldaba y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada: -Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo. Caperucita Roja se desviste y se mete a la cama y quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir. Ella le dijo: -Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes! -Es para abrazarte mejor, hija mía. -Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene! -Es para correr mejor, hija mía. Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene! -Es para oírte mejor, hija mía. -Abuela, ¡qué ojos tan grandes tiene! -Es para verte mejor, hija mía. -Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene! -¡Para comerte mejor! Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió. |